Siempre quise contar historias

Siempre quise contar historias, por eso, tuve un par de amigos imaginarios que me acompañaron durante mi infancia, ¿qué clase de primera página comienza con “era un niño normal”? y es que tenía miedo, ataques de sinceridad y gustos bastante raros, o eso, al menos era lo que la sociedad me hacía creer. 

El amor siempre será el camino seguro a cualquier parte, ¿será que por eso aprendí a querer y amar siendo libre? Descuiden, hasta el momento mis relaciones han sido experimentos fallidos -con personas maravillosas- que inspiraron la creación de “El manual de los romances rotos” .

Tengo que agradecerle a este periodo de contingencia y quiero explicarles la razón, hace casi año y medio que había dejado de escribir, las palabras escaseaban, había olvidado el placer de sentarme para componer párrafos buscando darle sentido a las palabras.

Había razones esencialmente importantes y ya que estamos en pleno sincericidio, una de ellas, era, que había perdido completamente la emoción al redactar, me llené de fantasmas que, daban sombra a mis pasos, deambulaban y causaban olvido premeditado. 

La vida no es perfecta, es real, es una historia que se compone de tragedias auténticas, de sentimientos únicos y momentos realmente fantásticos, uno también tiene derecho a portarse distante con sus obsesiones, sí, escribir era una de esas purgas emocionales que, dejé de aplicar. 

Tengo que confesarles algo, para mí, muchos seres humanos llevan años en cuarentena, lejos de vivir sólo existen, son cómplices de su propia muerte -en vida- y están cada vez más distantes de la humanidad. La cordura sólo es, un momento de lucidez entre tanta locura diaria.

Ojalá que nunca seamos presos de la libertad, ojalá que el amor sane las heridas de la humanidad y construya lazos que merecen ser como las historias, dignas de ser contadas, porque la posmodernidad sólo es un pretexto para alejarnos a diario… y si hoy fuera el último día del planeta… ¿qué canción escucharías?